Persecución contra la institución libre de enseñanza
Cándido Marquesán Millán
La mal llamada Guerra Civil española (1936-1939) es un tema inagotable de nuestra historia, que está produciendo una continúa y numerosa avalancha bibliográfica en diferentes idiomas: inglés, alemán, francés, ruso, chino, etc. Y es así porque sigue viva, tal como estamos comprobando por las tensiones generadas y no acabadas en amplios sectores de la sociedad española por el tema de la Memoria Histórica.
El que merezca tanto interés foráneo, se explica porque esta guerra no sólo es española, como fueron las guerras carlistas decimonónicas, es también una "guerra forastera", tal como señaló con buen criterio Juan Ramón Jiménez. En la misma línea se expresó Azaña al decirnos "que es una consecuencia de un clima de violencia transpirenaica, generado por la I Guerra Mundial y en el período de entreguerras". Lo que no deja de ser cierto, ya que ambos lados contendientes contaron con la ayuda foránea, por lo que Azaña de nuevo en su obra extraordinaria "La Velada de Benicarló"-debería ser leída por todo español que quiera conocer los entresijos de la guerra- escrita en 1937 con gran amargura nos dice "Una porción de españoles ha pedido y admitido la entrada de ejércitos extranjeros. Con tal de reventar a los demás compatriotas, entregan la Península a un conquistador. Fuera de España el caso no tiene parangón en la historia contemporánea."
Se ha estudiado mucho y bien, fuera y dentro este acontecimiento crucial de nuestra historia. Se han tocado diferentes aspectos: orígenes, desarrollo bélico,represión, pérdidas materiales y humanas, exilio, etc. Hay un aspecto al que quiero referirme en las líneas que siguen: la hecatombe cultural y científica en España a partir de 1939 como consecuencia de la guerra.
Juan Marichal, recientemente fallecido, ha calificado esos años anteriores a 1936 un nuevo "medio siglo de oro" para nuestra cultura; y José Carlos Mainer acuñó el término "la edad de plata" en su conocidísimo libro. Juicios ambos totalmente justificados. En esta autentica explosión cultural, que contrasta con el páramo cultural del período anterior y el posterior, tuvo mucho que ver la Institución Libre de Enseñanza, de inspiración krausista, creada en 1876 por Francisco Gíner de los Ríos, un proyecto educativo basado en la libertad de la ciencia, de investigación y de cátedra, que supuso una ruptura con la enseñanza dogmática entonces vigente controlada por las autoridades eclesiásticas; una educación para la libertad, neutral y aconfesional desde un punto de vista religioso.
Más la labor de la ILE no quedaba circunscrita al ámbito pedagógico, iba más lejos, ya que quería conseguir un nuevo tipo de hombre, con una nueva ética con el fin de llevar a cabo un profundo cambio social, tan necesario en la España de aquel entonces. De la ILE brotarían otras ramas. Así, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas- para que profesores conocieran los avances europeos- cuya presidencia ocupó Ramón y Cajal, junto a José Castillejo; el Centro de Estudios Históricos, dirigido por Menéndez Pidal, y en el que figuraron Américo Castro, Sánchez Albornoz; la Residencia de Estudiantes que albergó a Buñuel, Dalí, Emilio Prados, etc, y por cuyas tribunas desfilaron Einstein, Valéry, Ravel, Russell y Freud.; el Instituto-Escuela, un centro de innovación y experimentación pedagógica; las Misiones Pedagógicas, idea de Manuel B. Cossío, a quien se debió la fundación del Museo Pedagógico, las colonias escolares, además de ser el impulsor de la creación del Ministerio de Instrucción Pública. Como también el impresionante impulso a la cultura y la educación en la II República fue de inspiración institucionista con la construcción de nuevas aulas, aumento de plantillas de maestros con sus correspondientes aumentos de salarios.. Podríamos además citar un numeroso grupo de escritores, científicos que estuvieron influidos por la ILE: Besteiro, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Azaña, Leopoldo Alas, García Morente, etc...
Toda esta encomiable labor se va a cortar de cuajo con la guerra civil. Muchos de estos vinculados con la ILE no tuvieron otra opción que la represión o el exilio, por lo que el daño a España fue irreparable. Un lugar de acogida fue la América, donde se hallaron en el ámbito propio de su idioma. De ahí que el profesor de la Universidad Nacional de México, el filósofo José Gaos, acuñara un neologismo para designar la afortunada condición del español en las Américas de su lengua: "transterrado", en lugar de "desterrado".
En la España franquista se acusó a la ILE de todos los males de la patria, culpabilizándolos del desencadenamiento de la guerra. Como botón de muestra puede servir el libro "La Institución Libre de Enseñanza", auspiciado por la Confederación Católica Nacional de Padres de Familia publicado en 1940, donde se reúnen una serie de trabajos en parte inicialmente aparecidos en 1937 en El Noticiero de Zaragoza, escritos por personajes políticos de primera fila además de prestigiosos profesores o catedráticos de universidad, como eran: Fernando Martín-Sánchez Juliá, Miguel Artigas, Antonio de Gregorio Rocasolano, Miguel Allué Salvador, Miguel Sancho Izquierdo, Benjamín Temprano, Carlos Riba, Domingo Miral, José Talayero, Ángel González Palencia.. Entre ellos hay una notable presencia de nombres vinculados a la ciudad de Zaragoza, hecho al que no será ajena la circunstancia de que la Comisión para la Depuración del Personal Universitario -Comisión A-, creada por Decreto publicado en el BOE de 11 de noviembre de 1936, que fue presidida por Antonio de Gregorio Rocasolano y de la que fue secretario Ángel González Palencia, hubiera establecido con anterioridad su sede en esa ciudad). En esta obra se lanzan los ataques más viscerales y truculentos contra la obra de la ILE. En algunos momentos superan lo imaginable en cuanto a su crueldad. Por ello, nada tiene de extraño que González Palencia en el último capítulo del libro proponga arrasar la escuela de niños que la ILE tenía en la calle Martínez Campos de Madrid, sembrando de sal el solar y poner un cartel que recordase a las generaciones futuras la traición de los dueños de aquella casa para con la Patria inmortal.
Toda esta obra de persecución contra esa encomiable laboral cultural, ya la anunciaba Pablo Neruda, cónsul de Chile en Madrid desde 1935, que tras el golpe militar y la subsiguiente guerra escribió en 1937: Estoy convencido de que una ola fascista de persecuciones jamás vista en la historia del mundo, terminará con todo lo vital y creativo de España. A sangre y fuego terminarán con todo. Y así fue. El Nuevo Estado que surgió tras la guerra practicará desde el principio una política implacable de tierra quemada. Había que exterminar de raíz la planta del liberalismo, de la democracia, del socialismo, del nacionalismo y , por supuesto, de toda la cultura auspiciada por la ILE.
viernes, 27 de agosto de 2010
martes, 13 de julio de 2010
El consistorio de Toulouse traerá a Zaragoza su visión del exilio español ( El Periódico de Aragón - 13/06/2010 )
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jueves, 8 de julio de 2010
De huidos de Franco a supervivientes de Trujillo
Público, 02/07/2010 - 4 Julio 2010 La República Dominicana conmemora el 70 aniversario de la llegada de los republicanos
DIEGO BARCALA MADRID
Cruzaron la frontera hacia Francia en 1939 huyendo del fascismo español. En los campos de concentración, se toparon con el colaboracionismo nazi de los franceses, que les obligó a huir por segunda vez en menos de un año. Con la esperanza intacta por volver pronto a su tierra, 4.000 españoles llegaron hace 70 años la República Dominicana. Allí los recibía con un abrazo inerte el dictador Rafael Leónidas Trujillo, que los acogió con la condición de que no se metieran en política. Prohibición imposible para los militantes republicanos, cuya contribución es todavía venerada en Santo Domingo. El presidente Leonel Fernández rindió este jueves homenaje al exilio español.
“A los inmigrantes económicos nos trataron de manera diferente. Éramos refugiados y el pueblo, a diferencia de Trujillo, sí que nos trató de una manera preferente, como todavía ocurre hoy”, recuerda desde Santo Domingo vía telefónica María Isidra Bernaldo de Quirós, de 87 años. Su padre, Constancio, fue uno de los juristas que redactó la Constitución republicana de 1931 y su hijo, Roberto Cassá, dirige actualmente el Archivo General de la Nación. “La conmemoración de la llegada de los republicanos se inscribe en el recuerdo que la Academia Dominicana de Historia ha emprendido para el conocimiento de las luchas contra la opresión”, explica solemne Cassá.
La esperanza por volver se fue diluyendo con el paso de los años. La permanencia del franquismo era bien visible en la Casa de España de Santo Domingo, donde los funcionarios colgaron carteles de “¡Viva Franco!”. “Salí de España con una idea clara de lo que estaba ocurriendo. Mi familia se trasladó de Madrid hacia Valencia gracias a que mi padre era íntimo amigo de Pablo Iglesias. Fuimos con el V Regimiento de Enrique Líster, con quien hice amistad. Gracias a él, adquirí la conciencia con la que influimos, sobre todo, en los obreros de aquí, a los que ayudamos en la huelga de los azucareros. Desde mi conciencia socialista, puse mi granito de arena”, recuerda María Isidra orgullosa, con el adquirido acento caribeño.
Su hijo Roberto difiere sobre el poder de influencia política de los exiliados y destaca más la relevancia cultural al fundar la Orquesta Sinfónica o la Escuela de Bellas Artes. “Aunque llegaron con la convicción de que no podían incursionar en la política del país, el hecho de que publicaran prensa partidaria, fuese anarquista, comunista, socialista o republicana, fue suficiente para un impacto extraordinario en un medio en que el discurso enervante del régimen copó todos los espacios del pensamiento político”, analiza Cassá.
Los casos de los vascos Jesús de Galíndez y José Almoina, ambos asesinados por el tirano, demuestran el alto precio que pagaron los españoles que trataron de influir en la dictadura de Trujillo. Galíndez, miembro del PNV, fue secuestrado en Nueva York, llevado a la República Dominicana y asesinado por los servicios secretos dominicanos en 1956, antes de que publicara una tesis sobre el dictador. José Almoina, menos conocido que el personaje inmortalizado por Manuel Vázquez Montalbán, fue asesinado en plena calle en México DF. Ambos conocieron las entrañas trujillistas y pagaron sus conspiraciones.
“Trujillo los acogió al comenzar la II Guerra Mundial para limpiar la imagen de su régimen ante EEUU. El Gobierno dominicano se había significado con muchos gestos en favor del régimen de Hitler. Siempre digo que la República Dominicana es el patio trasero de los americanos”, analiza el asesor del presidente del Gobierno, Félix Martínez de la Cruz. Este español, que lleva 15 años a caballo entre la República Dominicana y España, es asesor de Leonel Fernández en política exterior. Martínez de la Cruz es un veterano militante de IU que destaca el papel “conciliador” que Fernández juega en la geopolítica latinoamericana.
El recuerdo de los republicanos españoles impulsado por Fernández forma parte de un proceso de recuperación de memoria histórica de la sociedad dominicana. “No es un proceso similar al de España porque aquí, en 1961, tras la eliminación física del dictador, salieron todos los integrantes de su familia y nadie reivindicó de manera pública la herencia del régimen caído. Por ejemplo, a diferencia de España, todos los símbolos de la dictadura fueron barridos de inmediato”, compara Cassá.
Maltrato a los refugiados
Su madre, María Isidra, pasó décadas sin volver a España. “Sólo pude volver al final de los sesenta. Volví a Valsaín (Segovia) donde estaban los mismos árboles frondosos donde vi refugiarse a los franquistas de la aviación republicana en 1936. Llevaban un tren con presos entre los que estaba el hijo de Largo Caballero. Pidieron ayuda, pero nosotros no sabíamos que eran de los nuestros y no abrimos las puertas”, relata la hija de Bernaldo de Quirós. En su memoria permanece intacto el maltrato al que sometió el Gobierno francés a los refugiados. “Los senegaleses de la frontera nos quitaron todo. Yo iba con una cámara de fotos y me quedé con lo puesto. Pero el pueblo francés sí que nos trató bien, como el dominicano”, añade.
María Isidra se quedó en la República Dominicana, donde rehizo su vida. Miles de sus compañeros que tuvieron la suerte de conseguir un pasaje en uno de los barcos fletados por Trujillo tuvieron que huir del yugo del tirano a México. Este jueves recibieron el agradecimiento oficial de su país de acogida. El senador Iñaki Anasagasti; el secretario de Estado de Cooperación Territorial, Gaspar Zarrías, el europarlamentario Willy Meyer, y el poeta comunista Marcos
Público, 02/07/2010 - 4 Julio 2010 La República Dominicana conmemora el 70 aniversario de la llegada de los republicanos
DIEGO BARCALA MADRID
Cruzaron la frontera hacia Francia en 1939 huyendo del fascismo español. En los campos de concentración, se toparon con el colaboracionismo nazi de los franceses, que les obligó a huir por segunda vez en menos de un año. Con la esperanza intacta por volver pronto a su tierra, 4.000 españoles llegaron hace 70 años la República Dominicana. Allí los recibía con un abrazo inerte el dictador Rafael Leónidas Trujillo, que los acogió con la condición de que no se metieran en política. Prohibición imposible para los militantes republicanos, cuya contribución es todavía venerada en Santo Domingo. El presidente Leonel Fernández rindió este jueves homenaje al exilio español.
“A los inmigrantes económicos nos trataron de manera diferente. Éramos refugiados y el pueblo, a diferencia de Trujillo, sí que nos trató de una manera preferente, como todavía ocurre hoy”, recuerda desde Santo Domingo vía telefónica María Isidra Bernaldo de Quirós, de 87 años. Su padre, Constancio, fue uno de los juristas que redactó la Constitución republicana de 1931 y su hijo, Roberto Cassá, dirige actualmente el Archivo General de la Nación. “La conmemoración de la llegada de los republicanos se inscribe en el recuerdo que la Academia Dominicana de Historia ha emprendido para el conocimiento de las luchas contra la opresión”, explica solemne Cassá.
La esperanza por volver se fue diluyendo con el paso de los años. La permanencia del franquismo era bien visible en la Casa de España de Santo Domingo, donde los funcionarios colgaron carteles de “¡Viva Franco!”. “Salí de España con una idea clara de lo que estaba ocurriendo. Mi familia se trasladó de Madrid hacia Valencia gracias a que mi padre era íntimo amigo de Pablo Iglesias. Fuimos con el V Regimiento de Enrique Líster, con quien hice amistad. Gracias a él, adquirí la conciencia con la que influimos, sobre todo, en los obreros de aquí, a los que ayudamos en la huelga de los azucareros. Desde mi conciencia socialista, puse mi granito de arena”, recuerda María Isidra orgullosa, con el adquirido acento caribeño.
Su hijo Roberto difiere sobre el poder de influencia política de los exiliados y destaca más la relevancia cultural al fundar la Orquesta Sinfónica o la Escuela de Bellas Artes. “Aunque llegaron con la convicción de que no podían incursionar en la política del país, el hecho de que publicaran prensa partidaria, fuese anarquista, comunista, socialista o republicana, fue suficiente para un impacto extraordinario en un medio en que el discurso enervante del régimen copó todos los espacios del pensamiento político”, analiza Cassá.
Los casos de los vascos Jesús de Galíndez y José Almoina, ambos asesinados por el tirano, demuestran el alto precio que pagaron los españoles que trataron de influir en la dictadura de Trujillo. Galíndez, miembro del PNV, fue secuestrado en Nueva York, llevado a la República Dominicana y asesinado por los servicios secretos dominicanos en 1956, antes de que publicara una tesis sobre el dictador. José Almoina, menos conocido que el personaje inmortalizado por Manuel Vázquez Montalbán, fue asesinado en plena calle en México DF. Ambos conocieron las entrañas trujillistas y pagaron sus conspiraciones.
“Trujillo los acogió al comenzar la II Guerra Mundial para limpiar la imagen de su régimen ante EEUU. El Gobierno dominicano se había significado con muchos gestos en favor del régimen de Hitler. Siempre digo que la República Dominicana es el patio trasero de los americanos”, analiza el asesor del presidente del Gobierno, Félix Martínez de la Cruz. Este español, que lleva 15 años a caballo entre la República Dominicana y España, es asesor de Leonel Fernández en política exterior. Martínez de la Cruz es un veterano militante de IU que destaca el papel “conciliador” que Fernández juega en la geopolítica latinoamericana.
El recuerdo de los republicanos españoles impulsado por Fernández forma parte de un proceso de recuperación de memoria histórica de la sociedad dominicana. “No es un proceso similar al de España porque aquí, en 1961, tras la eliminación física del dictador, salieron todos los integrantes de su familia y nadie reivindicó de manera pública la herencia del régimen caído. Por ejemplo, a diferencia de España, todos los símbolos de la dictadura fueron barridos de inmediato”, compara Cassá.
Maltrato a los refugiados
Su madre, María Isidra, pasó décadas sin volver a España. “Sólo pude volver al final de los sesenta. Volví a Valsaín (Segovia) donde estaban los mismos árboles frondosos donde vi refugiarse a los franquistas de la aviación republicana en 1936. Llevaban un tren con presos entre los que estaba el hijo de Largo Caballero. Pidieron ayuda, pero nosotros no sabíamos que eran de los nuestros y no abrimos las puertas”, relata la hija de Bernaldo de Quirós. En su memoria permanece intacto el maltrato al que sometió el Gobierno francés a los refugiados. “Los senegaleses de la frontera nos quitaron todo. Yo iba con una cámara de fotos y me quedé con lo puesto. Pero el pueblo francés sí que nos trató bien, como el dominicano”, añade.
María Isidra se quedó en la República Dominicana, donde rehizo su vida. Miles de sus compañeros que tuvieron la suerte de conseguir un pasaje en uno de los barcos fletados por Trujillo tuvieron que huir del yugo del tirano a México. Este jueves recibieron el agradecimiento oficial de su país de acogida. El senador Iñaki Anasagasti; el secretario de Estado de Cooperación Territorial, Gaspar Zarrías, el europarlamentario Willy Meyer, y el poeta comunista Marcos
as “España no ha cambiado, sufre desmemoria histórica”
“No se podrá reparar la memoria de los exiliados, mientras los españolitos de a pie estén de acuerdo en olvidar”, advierte.
"En España, desde la época de Carlos I, cada vez que la izquierda levanta la cabeza, se la cortan"
08.07.2010 · Majo Siscar · (México) “Vienes a verme porque soy el único que queda” exclama con sorna y se ríe. Federico Álvarez Arregui me recibe en su austero despacho del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Este vasco es de los pocos exiliados republicanos que siguen vivos y en activo en México. Desde este ajustado despacho, de unos 15 metros cuadrados y que comparte con su asistente, dirige desde hace 8 años, la revista Literatura Mexicana, una publicación académica sobre filosofía y las letras en lengua castellana. Es su trinchera particular, desde donde, pese a sus 83 años, sigue aportando al acervo cultural local. Pertenece a esa generación de intelectuales españoles que perdió nuestro país a causa de la Guerra Civil y la dictadura franquista y que en cambio, con su esfuerzo, engrandecieron la cultura mexicana y siguen haciéndolo, aunque son cada vez menos, entre ellos Álvarez Arregui, quien después de la risa, prosigue su primera frase: “no es cierto, quedan algunos más pero ya estan enfermos o muy mayores, con lo cual yo me convierto en bateador emergente”, agrega haciendo un símil con el béisbol que me recuerda sus primeros años de exilio en Cuba.
Álvarez Arregui es de los pocos intelectuales exiliados que siguen en activo en México. M.S.
El hijo del fundador de Izquierda Republicana en Guipuzcoa llegó en 1940 a la Habana a reencontrarse con sus padres después de 4 años de no verlos, pues ellos se habían quedado en Madrid después de la toma de San Sebastián por el bando nacional, y ya en la derrota cruzaron la frontera a Francia donde sufrieron los campos de concentración y finalmente pudieron salir a Cuba. Cuando Álvarez desembarcó solito del Magallanes, tenía 13 años y en la mochila traía 4 años de vivir en territorio franquista, rezar cada noche el rosario con su abuela e ir a la escuela de los Marianistas. Con este equipaje la isla le sorprendió por su luminosidad, su sol, su música, su diversidad racial y su exuberancia. “Soy un exiliado particular porque mi llegada a Cuba fue de una felicidad infinita”, asevera y se le ilumina la cara recordando el colorido cubano.
Allí pasó 7 años trascendentales de su vida, hasta los 20, y asegura que “Cuba nos integró, por lo menos a mi generación pues el pueblo cubano era enteramente antifranquista, entonces nosotros los exiliados, éramos los buenos”. Con esta disposición, estudió el bachillerato e ingresó en la carrera de ingeniería. Allí militó en los movimientos estudiantiles de izquierda radical, y bebió del caldo de lo que pocos años después sería la revolución.
Sin embargo, Cuba no integró a los intelectuales exiliados en sus estructuras culturales como hizo México. En las universidades había cuotas para profesores extranjeros y muy pocos españoles tuvieron cabida. Por eso a sus 20 años, toda la família se mudó a México, donde empezó a relacionarse con la flor y nata de la intelectualidad republicana. Esas relaciones le devolvieron su españolidad pues Federico en ese momento ya se sentía un joven latinoamericano. “Cuando llegué a México no sentí ninguna estrañeza cultural, social o política y al igual que el resto de mi generación de exiliados, que no la de nuestros padres, participé totalmente en la vida política de México. Participaba en las movilizaciones de los ferroviarios, de los mineros, de los estudiantes… Eso sí, en las manifestaciones del 1 de mayo marchábamos en el contingente de la República”
Cena en casa del editor Joaquín Diez-Canedo en 1963, el de la esquina derecha es el joven Federico Álvarez. (Ricardo Salazar/ Fototeca CNL-INBA)
Y es que los exiliados mantuvieron la llama de la democracia encendida desde la distancia. Y México fue uno de sus principales bastiones. Álvarez Arregui recuerda como en 1945, se reconstituyó la II República en la Sala de Cabildos, en la sede del gobierno del Distrito Federal, la residencia de los Virreyes en el periodo colonial. “Durante 24 horas, aquel hemiciclo fue España”, espeta con un repentino brillo en los ojos y continúa, “vinieron diputados de todos lados, exiliados en París, en Argentina, y se reunieron las Cortes por primera vez desde el 39, José Giral fue electo presidente, fue el único que recogió el variopinto sentir de los exiliados”.
Los exiliados no eran una masa uniforme. Por encima de las diferencias sociales y económicas, prevalecían las diferencias políticas que existían en la República y que se acentuaron en la Guerra Civil. Sin embargo, a todos les unía el sueño republicano y la nostalgia de la patria perdida.
“El exilio es un destierro, te fuiste y perdiste la tierra, porque sabes que no puedes regresar, al menos por un tiempo largo. La mayoría de los exiliados teníamos esa sensación permanente de destierro, una desazón que nos acompañaba siempre, y que de repente, se volvía hacía dentro y sentías como angustia de no poder volver a España”, recuerda con los ojos empañados de agua. Y continúa “saber, por ejemplo, que tus abuelos se están muriendo y no puedes ir a verlos…” Es el único momento de la entrevista en que, a este enérgico hombre de 83 años, se le enturbian los ojos, porque, de carácter afable y jovial, recuerda con alegría el peregrinaje vital que le ocasionó el exilio, y de hecho reconoce que ahora ya no vuelve porque ya no quiere. “Yo soy tricéfalo, soy mexicano, cubano y vasco”, confiesa. Y se explica: “este es mi país, aquí vivo, aquí trabajo, aquí me dan premios…”.
Sin embargo hay algo dentro de él que se resiste a serlo del todo. Pese a haber vivido más de 40 años en México sigue conservando, casi intacto, el acento vasco, y mantiene sus relaciones con sus compatriotas ibéricos.
De hecho, un telefonazo interrumpe la conversación. Es Joaquin Díez Canedo, quién ha continuado la gran labor editorial que hizo su homónimo padre primero en la editorial Joaquín Moritz y en el Fondo Económico de Cultura, publicando tanto a los exiliados españoles como a los grandes escritores mexicanos, incluso antes de que se les reconociera. Le habla para comentarle que ha recibido el último manuscrito de otro exiliado, el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez. Álvarez Arregui ya conoce de su existencia.
Los intelectuales españoles han mantenido una relación muy estrecha entre ellos que aún se mantiene. M.S.
“Hemos sido como una gran família”, me cuenta. De hecho Álvarez Arregui se casó con Elena Aub, la hija de Max Aub, y uno de los testigos fue Juan Rejano, por no nombrar a todos los intelectuales que estaban invitados a la boda. Al igual que la mayoría de exiliados políticos, la pareja se involucró en la lucha antifranquista. A finales de los 50, participaron en el Movimiento Español (ME/59), con la idea de llenar el exilio de contenido ideológico y organizarse con la resistencia contra el régimen del interior del país.
Cuando ya veían acercarse la caída del dictador, conformaron, junto a otros intelectuales y líderes de izquierda, la Junta Democrática que pretendía movilizar unitariamente a la oposición antifranquista, con un programa político rupturista que abogaba por una consulta ciudadana para volver a la República. Un proyecto que se frustró con la transición, que Álvarez Arregui califica de “vergüenza”. “La transición nos permitió llenar las calles de banderas rojas, ver pornografía e ir a unas elecciones donde acabó ganando la derecha”, apostilla, y continúa: “los pactos de la Moncloa son un pacto de olvido. Se prohibió hablar del exilio y de la guerra, esa fue la tercera y última derrota de los exiliados”.
Y asegura que el exilio fue una derrota permanente, que empezó con el destierro, pero que tuvo su segundo golpe en el 1955 cuando la comunidad internacional levanta el aislamiento al gobierno franquista y lo acepta en el seno de las Naciones Unidas, y por lo tanto, desconoce el gobierno republicano que tenía sede en París y embajada en México. Sólo este último país y Yugoslavia, con Tito a la cabeza, mantendrán el apoyo al gobierno del exilio hasta la transición.
Álvarez Arregui se enerva al hablar de la transición, y aunque fue entonces cuando pudo y quiso volver al Estado español, los 10 años pasados en Madrid, entre el 1971 y el 1981, le decepcionaron. Ahora, va de visita una vez al año, a ver a sus hijos y a Congresos, pero asegura que se regresa tan pronto puede.
“No lo aguanto, cada vez que voy es un golpe, la última vez que estuve en Madrid, estaba sentado en un café y en la mesa de al lado un señor le decía a otro: -Hay que matarlos a todos, y yo digo ¿a quiénes? Antes era a los rojos y ahora es a los ecuatorianos o a los marroquíes. España no ha cambiado, sufre desmemoria histórica”, afirma y empezamos a hablar de la situación política actual.
“Este pobre (José Luís Rodríguez) Zapatero que intentó al principio hacer una política de izquierdas, al final ha tenido que hacer una política de derechas y el Partido Popular todavía está en contra, la derecho española es algo impar, como ella no hay nada. En Europa hay muchos gobiernos de derechas pero el Partido Popular representa la vieja derecha, la historia española, la eterna derrota de la izquierda.
-¿Qué diferencia ve entre el PP y la derecha europea?
La derecha europea es anti fascista. En Alemania está prohibido el partido nazi, pero en España la Falange Española se sigue presentando a las elecciones, en Francia está prohibido llevar una esvástica, en Italia colgaron de los pies a Musolini, en España Franco descansa en un sagrario. Además el poder de la iglesia y del ejército son enormes y no han tenido un saneamiento. En Francia, Alemania o Italia ha habido una desnazificación pero en España los que torturaron a Grimau o a Simón Sanchez Montero, pasean por la calle. Ahí está la diferencia con Europa”.
Álvarez Arregui regresó a España en 1971 con la intención de participar en la refundación del estado después de la caída de Franco. Tal fue su decepción que en 1982 regresó definitivamente a México. M.S.
Es inevitable preguntarle por la suspensión de Baltasar Garzón como juez de la Audiencia Nacional después que iniciase tres procesos sobre las víctimas de la Guerra Civil la dictadura.
“Lo que le ha pasado a Garzón es un ejemplo singular de lo que estoy diciendo. Un recurso de Falange Española, que debe tener un uno o dos por cien de los votos, es capaz de hundir a un juez como este. En cada pueblo hay una fosa común donde estan los abuelos de muchos de los que ahí viven, y la Justicia prohibe que se abran esas fosas, no permite que se reconozcan a los muertos y que sus familiares les den sepultura”.
Esta frustración le provoca un sentimiento agridulce versus España. Por un lado recuerda con nostalgia las playas de Donosti donde jugaba de niño, por otro se enfurece con el olvido de los españoles hacia toda la barbarie que implicó el franquismo.
“No puedo volver a soportar la bandera franquista, un rey, todo lo que representa la existencia del Valle de los Caídos, y encima ver que a millones de españoles no les importa hacerlo,… Esa falta de memoria me desespañolizó y ya solamente me queda la patria chica, Guipúzcoa”.
Hablamos de la ley de Memoria Histórica. Le parece una buena iniciativa, aunque tibia y tardía. “No se podrá reparar la memoria de los exiliados, mientras los españolitos de a pie estén de acuerdo en olvidar”, reitera. “Hay algunas iniciativas positivas, exposiciones, trabajo de recuperación histórica, pero no calan en una sociedad a la que se le cercenó la izquierda, en el exilio, en prisión o bajo tierra. En España cada vez que la izquierda levanta la cabeza, se la cortan. Ya lo hizo Carlos I con los comuneros de Castilla y desde entonces, hasta ahora sigue sucediendo. España es inasequible al desaliento”, concluye.
“No se podrá reparar la memoria de los exiliados, mientras los españolitos de a pie estén de acuerdo en olvidar”, advierte.
"En España, desde la época de Carlos I, cada vez que la izquierda levanta la cabeza, se la cortan"
08.07.2010 · Majo Siscar · (México) “Vienes a verme porque soy el único que queda” exclama con sorna y se ríe. Federico Álvarez Arregui me recibe en su austero despacho del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Este vasco es de los pocos exiliados republicanos que siguen vivos y en activo en México. Desde este ajustado despacho, de unos 15 metros cuadrados y que comparte con su asistente, dirige desde hace 8 años, la revista Literatura Mexicana, una publicación académica sobre filosofía y las letras en lengua castellana. Es su trinchera particular, desde donde, pese a sus 83 años, sigue aportando al acervo cultural local. Pertenece a esa generación de intelectuales españoles que perdió nuestro país a causa de la Guerra Civil y la dictadura franquista y que en cambio, con su esfuerzo, engrandecieron la cultura mexicana y siguen haciéndolo, aunque son cada vez menos, entre ellos Álvarez Arregui, quien después de la risa, prosigue su primera frase: “no es cierto, quedan algunos más pero ya estan enfermos o muy mayores, con lo cual yo me convierto en bateador emergente”, agrega haciendo un símil con el béisbol que me recuerda sus primeros años de exilio en Cuba.
Álvarez Arregui es de los pocos intelectuales exiliados que siguen en activo en México. M.S.
El hijo del fundador de Izquierda Republicana en Guipuzcoa llegó en 1940 a la Habana a reencontrarse con sus padres después de 4 años de no verlos, pues ellos se habían quedado en Madrid después de la toma de San Sebastián por el bando nacional, y ya en la derrota cruzaron la frontera a Francia donde sufrieron los campos de concentración y finalmente pudieron salir a Cuba. Cuando Álvarez desembarcó solito del Magallanes, tenía 13 años y en la mochila traía 4 años de vivir en territorio franquista, rezar cada noche el rosario con su abuela e ir a la escuela de los Marianistas. Con este equipaje la isla le sorprendió por su luminosidad, su sol, su música, su diversidad racial y su exuberancia. “Soy un exiliado particular porque mi llegada a Cuba fue de una felicidad infinita”, asevera y se le ilumina la cara recordando el colorido cubano.
Allí pasó 7 años trascendentales de su vida, hasta los 20, y asegura que “Cuba nos integró, por lo menos a mi generación pues el pueblo cubano era enteramente antifranquista, entonces nosotros los exiliados, éramos los buenos”. Con esta disposición, estudió el bachillerato e ingresó en la carrera de ingeniería. Allí militó en los movimientos estudiantiles de izquierda radical, y bebió del caldo de lo que pocos años después sería la revolución.
Sin embargo, Cuba no integró a los intelectuales exiliados en sus estructuras culturales como hizo México. En las universidades había cuotas para profesores extranjeros y muy pocos españoles tuvieron cabida. Por eso a sus 20 años, toda la família se mudó a México, donde empezó a relacionarse con la flor y nata de la intelectualidad republicana. Esas relaciones le devolvieron su españolidad pues Federico en ese momento ya se sentía un joven latinoamericano. “Cuando llegué a México no sentí ninguna estrañeza cultural, social o política y al igual que el resto de mi generación de exiliados, que no la de nuestros padres, participé totalmente en la vida política de México. Participaba en las movilizaciones de los ferroviarios, de los mineros, de los estudiantes… Eso sí, en las manifestaciones del 1 de mayo marchábamos en el contingente de la República”
Cena en casa del editor Joaquín Diez-Canedo en 1963, el de la esquina derecha es el joven Federico Álvarez. (Ricardo Salazar/ Fototeca CNL-INBA)
Y es que los exiliados mantuvieron la llama de la democracia encendida desde la distancia. Y México fue uno de sus principales bastiones. Álvarez Arregui recuerda como en 1945, se reconstituyó la II República en la Sala de Cabildos, en la sede del gobierno del Distrito Federal, la residencia de los Virreyes en el periodo colonial. “Durante 24 horas, aquel hemiciclo fue España”, espeta con un repentino brillo en los ojos y continúa, “vinieron diputados de todos lados, exiliados en París, en Argentina, y se reunieron las Cortes por primera vez desde el 39, José Giral fue electo presidente, fue el único que recogió el variopinto sentir de los exiliados”.
Los exiliados no eran una masa uniforme. Por encima de las diferencias sociales y económicas, prevalecían las diferencias políticas que existían en la República y que se acentuaron en la Guerra Civil. Sin embargo, a todos les unía el sueño republicano y la nostalgia de la patria perdida.
“El exilio es un destierro, te fuiste y perdiste la tierra, porque sabes que no puedes regresar, al menos por un tiempo largo. La mayoría de los exiliados teníamos esa sensación permanente de destierro, una desazón que nos acompañaba siempre, y que de repente, se volvía hacía dentro y sentías como angustia de no poder volver a España”, recuerda con los ojos empañados de agua. Y continúa “saber, por ejemplo, que tus abuelos se están muriendo y no puedes ir a verlos…” Es el único momento de la entrevista en que, a este enérgico hombre de 83 años, se le enturbian los ojos, porque, de carácter afable y jovial, recuerda con alegría el peregrinaje vital que le ocasionó el exilio, y de hecho reconoce que ahora ya no vuelve porque ya no quiere. “Yo soy tricéfalo, soy mexicano, cubano y vasco”, confiesa. Y se explica: “este es mi país, aquí vivo, aquí trabajo, aquí me dan premios…”.
Sin embargo hay algo dentro de él que se resiste a serlo del todo. Pese a haber vivido más de 40 años en México sigue conservando, casi intacto, el acento vasco, y mantiene sus relaciones con sus compatriotas ibéricos.
De hecho, un telefonazo interrumpe la conversación. Es Joaquin Díez Canedo, quién ha continuado la gran labor editorial que hizo su homónimo padre primero en la editorial Joaquín Moritz y en el Fondo Económico de Cultura, publicando tanto a los exiliados españoles como a los grandes escritores mexicanos, incluso antes de que se les reconociera. Le habla para comentarle que ha recibido el último manuscrito de otro exiliado, el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez. Álvarez Arregui ya conoce de su existencia.
Los intelectuales españoles han mantenido una relación muy estrecha entre ellos que aún se mantiene. M.S.
“Hemos sido como una gran família”, me cuenta. De hecho Álvarez Arregui se casó con Elena Aub, la hija de Max Aub, y uno de los testigos fue Juan Rejano, por no nombrar a todos los intelectuales que estaban invitados a la boda. Al igual que la mayoría de exiliados políticos, la pareja se involucró en la lucha antifranquista. A finales de los 50, participaron en el Movimiento Español (ME/59), con la idea de llenar el exilio de contenido ideológico y organizarse con la resistencia contra el régimen del interior del país.
Cuando ya veían acercarse la caída del dictador, conformaron, junto a otros intelectuales y líderes de izquierda, la Junta Democrática que pretendía movilizar unitariamente a la oposición antifranquista, con un programa político rupturista que abogaba por una consulta ciudadana para volver a la República. Un proyecto que se frustró con la transición, que Álvarez Arregui califica de “vergüenza”. “La transición nos permitió llenar las calles de banderas rojas, ver pornografía e ir a unas elecciones donde acabó ganando la derecha”, apostilla, y continúa: “los pactos de la Moncloa son un pacto de olvido. Se prohibió hablar del exilio y de la guerra, esa fue la tercera y última derrota de los exiliados”.
Y asegura que el exilio fue una derrota permanente, que empezó con el destierro, pero que tuvo su segundo golpe en el 1955 cuando la comunidad internacional levanta el aislamiento al gobierno franquista y lo acepta en el seno de las Naciones Unidas, y por lo tanto, desconoce el gobierno republicano que tenía sede en París y embajada en México. Sólo este último país y Yugoslavia, con Tito a la cabeza, mantendrán el apoyo al gobierno del exilio hasta la transición.
Álvarez Arregui se enerva al hablar de la transición, y aunque fue entonces cuando pudo y quiso volver al Estado español, los 10 años pasados en Madrid, entre el 1971 y el 1981, le decepcionaron. Ahora, va de visita una vez al año, a ver a sus hijos y a Congresos, pero asegura que se regresa tan pronto puede.
“No lo aguanto, cada vez que voy es un golpe, la última vez que estuve en Madrid, estaba sentado en un café y en la mesa de al lado un señor le decía a otro: -Hay que matarlos a todos, y yo digo ¿a quiénes? Antes era a los rojos y ahora es a los ecuatorianos o a los marroquíes. España no ha cambiado, sufre desmemoria histórica”, afirma y empezamos a hablar de la situación política actual.
“Este pobre (José Luís Rodríguez) Zapatero que intentó al principio hacer una política de izquierdas, al final ha tenido que hacer una política de derechas y el Partido Popular todavía está en contra, la derecho española es algo impar, como ella no hay nada. En Europa hay muchos gobiernos de derechas pero el Partido Popular representa la vieja derecha, la historia española, la eterna derrota de la izquierda.
-¿Qué diferencia ve entre el PP y la derecha europea?
La derecha europea es anti fascista. En Alemania está prohibido el partido nazi, pero en España la Falange Española se sigue presentando a las elecciones, en Francia está prohibido llevar una esvástica, en Italia colgaron de los pies a Musolini, en España Franco descansa en un sagrario. Además el poder de la iglesia y del ejército son enormes y no han tenido un saneamiento. En Francia, Alemania o Italia ha habido una desnazificación pero en España los que torturaron a Grimau o a Simón Sanchez Montero, pasean por la calle. Ahí está la diferencia con Europa”.
Álvarez Arregui regresó a España en 1971 con la intención de participar en la refundación del estado después de la caída de Franco. Tal fue su decepción que en 1982 regresó definitivamente a México. M.S.
Es inevitable preguntarle por la suspensión de Baltasar Garzón como juez de la Audiencia Nacional después que iniciase tres procesos sobre las víctimas de la Guerra Civil la dictadura.
“Lo que le ha pasado a Garzón es un ejemplo singular de lo que estoy diciendo. Un recurso de Falange Española, que debe tener un uno o dos por cien de los votos, es capaz de hundir a un juez como este. En cada pueblo hay una fosa común donde estan los abuelos de muchos de los que ahí viven, y la Justicia prohibe que se abran esas fosas, no permite que se reconozcan a los muertos y que sus familiares les den sepultura”.
Esta frustración le provoca un sentimiento agridulce versus España. Por un lado recuerda con nostalgia las playas de Donosti donde jugaba de niño, por otro se enfurece con el olvido de los españoles hacia toda la barbarie que implicó el franquismo.
“No puedo volver a soportar la bandera franquista, un rey, todo lo que representa la existencia del Valle de los Caídos, y encima ver que a millones de españoles no les importa hacerlo,… Esa falta de memoria me desespañolizó y ya solamente me queda la patria chica, Guipúzcoa”.
Hablamos de la ley de Memoria Histórica. Le parece una buena iniciativa, aunque tibia y tardía. “No se podrá reparar la memoria de los exiliados, mientras los españolitos de a pie estén de acuerdo en olvidar”, reitera. “Hay algunas iniciativas positivas, exposiciones, trabajo de recuperación histórica, pero no calan en una sociedad a la que se le cercenó la izquierda, en el exilio, en prisión o bajo tierra. En España cada vez que la izquierda levanta la cabeza, se la cortan. Ya lo hizo Carlos I con los comuneros de Castilla y desde entonces, hasta ahora sigue sucediendo. España es inasequible al desaliento”, concluye.
martes, 6 de julio de 2010
EL PAIS.COM Se encuentra documentación inédita de Niceto Alcalá Zamora
EL PAIS . COM Cosas del destino. La sublevación militar del 18 de julio de 1936 le pilló a Niceto Alcalá-Zamora camino del Polo Norte. El hombre que hasta abril de ese año ocupara la presidencia de la Segunda República, se había decidido a realizar un viejo sueño: ir al Ártico con su familia. No llegó a cumplirlo. Se quedó en París, donde le concedieron asilo político. Regresar a España le hubiera costado, probablemente, la vida, porque Alcalá-Zamora (Priego de Córdoba 1877-Buenos Aires 1949) había conseguido ser casi tan odiado por las fuerzas del Frente Popular, cuyo Gobierno le depuso nada más tomar el poder, como por los sublevados. Pero si el ex presidente y prestigioso jurista salvó la vida, no consiguió salvar los documentos que había ido acumulando para preparar sus memorias. Guardados en el banco Crédit Lyonnais de Madrid, sus papeles volaron junto al dinero y las alhajas de la familia, nada más estallar el conflicto. "Las cajas fueron saqueadas, se supone que por orden de la junta de orden público de Madrid, aunque hay una cierta nebulosa sobre ese punto", dice Julio Gil Pecharromán, profesor de Historia de la UNED y autor del libro Niceto Alcalá-Zamora. Un liberal en la encrucijada.
Un matrimonio de Valencia actúa como propietario y lleva tiempo intentando vender el material
¿Qué conservaba el político cordobés, testigo de tantas cosas como presidente de una Segunda República ahogada por la violencia pocos años después de nacer? Todo lo que se conocía de este material eran los extractos de su dietario, publicados en 1937, en Valencia, en una revista dirigida por camaradas de Santiago Carrillo. "Pero aquellos extractos fueron manipulados", dice Pecharromán. "El propio Carrillo en sus memorias lo reconoce". Este historiador cree que a Alcalá-Zamora le perdió su posición centrista en una España de extremismos furibundos. "Era una especie de Adolfo Suárez de la época, pero al contrario que en caso de Suárez su proyecto fracasó". Alcalá-Zamora se consideraba a sí mismo un representante de la tercera España. Un centrista ajeno a los excesos de izquierda y derecha. Católico a ultranza, terrateniente y liberal, uno de sus seis hijos, José, moriría defendiendo a la República, mientras otros dos, Niceto y Teresa, le emparentarían respectivamente con el general Queipo de Llano, uno de los protagonistas de la sublevación, y con el coronel de la Guardia Civil José Navarro, también del bando nacional.
Alcalá-Zamora murió en Buenos Aires, segunda y definitiva escala de su exilio, y sus papeles quedaron en el olvido. Pero en diciembre de 2008, inesperadamente, la Guardia Civil los recuperó. Un matrimonio de Valencia, Aurora Lara y Mariano Soria Giner, de los que se sabe poco, actuando como dueños efectivos, llevaba tiempo intentando vender el material. Primero, al Patronato Municipal Alcalá-Zamora, creado en Priego en 1993. "Nos llegaron por correo electrónico varios PDF con documentos. Una modificación del testamento, la factura del entierro de su suegra, y una carta de Unamuno. Nos pedían 90.000 euros". Lo cuenta Francisco Durán, director del patronato. Luego hicieron la oferta al historiador César Vidal. Vidal, en contacto con los herederos de Alcalá-Zamora, que habían intentado en vano recuperar los documentos desde finales de los años noventa, envía a un historiador amigo a la cita, Jorge Fernández-Coppel, y a la Guardia Civil, que incauta el material.
¿Quiénes son los Soria Giner? ¿Cómo llegaron hasta ellos los papeles del ex jefe del Estado? Una pareja anónima hasta ese momento. Se sabe que han tenido negocios hoteleros y que son aficionados al golf. La mujer, Aurora Lara, declaró al diario Público hace semanas que los documentos estaban en poder de su suegro desde 1941. Al morir este, en 1978, ellos los heredaron. ¿Qué relación tenía su suegro con los que saquearon las cajas de seguridad del banco Crédit Lyonnais, en el Madrid republicano? Lara declinó responder a este periódico. "Hablaremos cuando llegue el momento", declaró.
José Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, historiador y portavoz de los seis nietos del político, cinco de los cuales viven en España, se muestra dolido con la actitud de la familia con los documentos. "Incluso querían venderlos a una editorial. Mi abuelo era un demócrata, con una ética acrisolada que vivió en el exilio de lo que ganaba escribiendo artículos". Convencida de sus derechos, la familia Alcalá-Zamora recurrió a la justicia para encontrarse con que un juzgado de Valencia dictaminaba en 2009 que el robo de estos documentos como caso jurídico ha prescrito. "Pero nos asisten razones morales", se lamenta José Alcalá-Zamora.
El examen del material por los expertos de Cultura ha concluido, pero no las negociaciones con los Soria, dueños de los papeles por usucapión [adquisición por uso]. Con el consiguiente retraso en el envío de la documentación al archivo de Salamanca donde podrá ser consultada. Aunque solo la familia Soria (y los expertos de Cultura) conoce el contenido de estos papeles, se han desatado rumores sobre su supuesto carácter explosivo. Se habla de que incluyen actas de las elecciones que ganó el Frente Popular y documentos de la sublevación de Asturias de 1934. Durán, director del Patronato Alcalá-Zamora, se queja de que se prolongue tanto la situación. "Lo ideal sería que cualquier investigador tuviera ya acceso a ese material, aunque sea a una copia", dice.
Rogelio Blanco, director general del Libro Archivos y Bibliotecas, se declara también interesado en que la situación se desbloquee "y yo pueda abandonar el incómodo papel de guardián de esta documentación". Gil Pecharromán no cree que contenga nada explosivo, pero está deseando poder consultarla. "Los dietarios pueden ser muy útiles porque ofrecerán una visión contrastada de acontecimientos importantes que vivió directamente Alcalá-Zamora. Sus memorias (publicadas en España en 1977) están escritas echando mano de los recuerdos, años después, en frío, con la experiencia del exilio, y su valor es muy inferior. Como todas las memorias, parecen más bien una justificación".
Un matrimonio de Valencia actúa como propietario y lleva tiempo intentando vender el material
¿Qué conservaba el político cordobés, testigo de tantas cosas como presidente de una Segunda República ahogada por la violencia pocos años después de nacer? Todo lo que se conocía de este material eran los extractos de su dietario, publicados en 1937, en Valencia, en una revista dirigida por camaradas de Santiago Carrillo. "Pero aquellos extractos fueron manipulados", dice Pecharromán. "El propio Carrillo en sus memorias lo reconoce". Este historiador cree que a Alcalá-Zamora le perdió su posición centrista en una España de extremismos furibundos. "Era una especie de Adolfo Suárez de la época, pero al contrario que en caso de Suárez su proyecto fracasó". Alcalá-Zamora se consideraba a sí mismo un representante de la tercera España. Un centrista ajeno a los excesos de izquierda y derecha. Católico a ultranza, terrateniente y liberal, uno de sus seis hijos, José, moriría defendiendo a la República, mientras otros dos, Niceto y Teresa, le emparentarían respectivamente con el general Queipo de Llano, uno de los protagonistas de la sublevación, y con el coronel de la Guardia Civil José Navarro, también del bando nacional.
Alcalá-Zamora murió en Buenos Aires, segunda y definitiva escala de su exilio, y sus papeles quedaron en el olvido. Pero en diciembre de 2008, inesperadamente, la Guardia Civil los recuperó. Un matrimonio de Valencia, Aurora Lara y Mariano Soria Giner, de los que se sabe poco, actuando como dueños efectivos, llevaba tiempo intentando vender el material. Primero, al Patronato Municipal Alcalá-Zamora, creado en Priego en 1993. "Nos llegaron por correo electrónico varios PDF con documentos. Una modificación del testamento, la factura del entierro de su suegra, y una carta de Unamuno. Nos pedían 90.000 euros". Lo cuenta Francisco Durán, director del patronato. Luego hicieron la oferta al historiador César Vidal. Vidal, en contacto con los herederos de Alcalá-Zamora, que habían intentado en vano recuperar los documentos desde finales de los años noventa, envía a un historiador amigo a la cita, Jorge Fernández-Coppel, y a la Guardia Civil, que incauta el material.
¿Quiénes son los Soria Giner? ¿Cómo llegaron hasta ellos los papeles del ex jefe del Estado? Una pareja anónima hasta ese momento. Se sabe que han tenido negocios hoteleros y que son aficionados al golf. La mujer, Aurora Lara, declaró al diario Público hace semanas que los documentos estaban en poder de su suegro desde 1941. Al morir este, en 1978, ellos los heredaron. ¿Qué relación tenía su suegro con los que saquearon las cajas de seguridad del banco Crédit Lyonnais, en el Madrid republicano? Lara declinó responder a este periódico. "Hablaremos cuando llegue el momento", declaró.
José Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, historiador y portavoz de los seis nietos del político, cinco de los cuales viven en España, se muestra dolido con la actitud de la familia con los documentos. "Incluso querían venderlos a una editorial. Mi abuelo era un demócrata, con una ética acrisolada que vivió en el exilio de lo que ganaba escribiendo artículos". Convencida de sus derechos, la familia Alcalá-Zamora recurrió a la justicia para encontrarse con que un juzgado de Valencia dictaminaba en 2009 que el robo de estos documentos como caso jurídico ha prescrito. "Pero nos asisten razones morales", se lamenta José Alcalá-Zamora.
El examen del material por los expertos de Cultura ha concluido, pero no las negociaciones con los Soria, dueños de los papeles por usucapión [adquisición por uso]. Con el consiguiente retraso en el envío de la documentación al archivo de Salamanca donde podrá ser consultada. Aunque solo la familia Soria (y los expertos de Cultura) conoce el contenido de estos papeles, se han desatado rumores sobre su supuesto carácter explosivo. Se habla de que incluyen actas de las elecciones que ganó el Frente Popular y documentos de la sublevación de Asturias de 1934. Durán, director del Patronato Alcalá-Zamora, se queja de que se prolongue tanto la situación. "Lo ideal sería que cualquier investigador tuviera ya acceso a ese material, aunque sea a una copia", dice.
Rogelio Blanco, director general del Libro Archivos y Bibliotecas, se declara también interesado en que la situación se desbloquee "y yo pueda abandonar el incómodo papel de guardián de esta documentación". Gil Pecharromán no cree que contenga nada explosivo, pero está deseando poder consultarla. "Los dietarios pueden ser muy útiles porque ofrecerán una visión contrastada de acontecimientos importantes que vivió directamente Alcalá-Zamora. Sus memorias (publicadas en España en 1977) están escritas echando mano de los recuerdos, años después, en frío, con la experiencia del exilio, y su valor es muy inferior. Como todas las memorias, parecen más bien una justificación".
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domingo, 20 de junio de 2010
martes, 1 de junio de 2010
Exiliados, víctimas del olvido
Etiquetas: Lugo, gente, Vázquez Gayoso, Ángel Díaz, José Almoina, emigración
30/05/2010 - Arsenio Coto / El Progreso (Lugo)
MERECEN que se escriba alguna línea más sobre ellos en la historia de la Galicia del siglo XX. No sólo no han recibido el reconocimiento debido, sino que en su tierra natal, distanciada por un océano y por una frágil memoria, prácticamente son unos desconocidos. El suyo fue un viaje al exilio sin retorno. No sólo quedó en el anonimato la persona, como le sucedió a miles de represaliados, sino también la obra. Son intelectuales, profesionales liberales… que formaron parte de ese destierro obligado a raíz de la defensa de aquello en lo que creían.
Un ejemplo de ese ostracismo histórico es Jesús Vázquez Gayoso, especialista en derecho indiano que vino al mundo en 1909 en A Pontenova. En su época de universitario en Madrid participó activamente en política y cuando estalló la guerra intervino como miliciano en el frente. Su exilio pasó por Francia, Cuba y y Panamá, país en el que fue decano de la Facultad de Derecho durante dos años, hasta que a fi nales de 1944 se asentó en Venezuela.
En ese país fue cónsul desde 1945, cuando el ejecutivo rompía relaciones diplomáticas con la dictadura franquista y reconocía al gobierno de la República en el exilio como el legítimo de España, hasta que las retomó casi cuatro años después.
"Foi a táboa de salvación de centos de exiliados e inmigrantes irregulares españois. Gracias a él puideron ter residencia legal", destaca el escritor e investigador Xurxo Martínez Crespo. A fi nales de la década de los 40 existían en ese país latinoamericano campos de internamiento para los inmigrantes que arribaban sin papeles, que después eran deportados.
Vázquez Gayoso consiguió visados para que cientos de compatriotas pudiesen quedarse. El riesgo de repatriación era una inquietante amenaza para esos represaliados que se jugaban la vida si tenían que volver a la tierra de la que habían huido.
La repulsa del ejecutivo venezolano a la dictadura franquista y la presencia de Vázquez Gayoso ejercieron una especie de efecto llamada. Se produjo, según Martínez Campo, una llegada "masiva de barcos con inmigrantes clandestinos", sobre todo vascos, gallegos y canarios. "Pasaban un ou dous meses en alta mar", como asegura, para realizar 5.000 kilómetros de singladura.
Vázquez Gayoso promovió además entre los centros españoles en Caracas la creación de una institución benéfica común que acogiese a los exiliados y tuvo una prolífica actividad articulista en los principales periódicos de la época.
Dejó el país tras el golpe de Estado a Rómulo Gallegos. Se trasladó a México, en donde fue ministro del gobierno de la República en el exilio y en donde falleció en 1970.
Médico investigador
Otro represaliado lucense que tuvo su protagonismo en el exilio, pero del que no se ha hecho eco su tierra, es el facultativo Ángel Díaz Vázquez, nacido en Ribadeo en 1912, que fue "o pai da investigación das enfermidades endémicas do Trópico" en Venezuela, según afirma Martínez Crespo.
Ángel Díaz se licenció en 1936 en la Universidad de Madrid. Ejerció como militar médico al servicio de la República durante la guerra civil. Cuando ésta concluyó se exilió en Venezuela, en donde coincidió con Vázquez Gayoso.
Sus primeros pasos ya se encaminaron hacia la investigación. Se encontró con que la mayoría de los médicos ejercían en las urbes. El rural estaba desatendido. Ángel Díaz, que fue uno de los fundadores del republicano Lar Gallego, fue de destino en destino a lo largo del país hasta que en 1957 fue trasladado a Caracas, en donde durante cinco años fue coordinador del
Instituto de Medicina Tropical.
Díaz, que dio acomodo en Venezuela a sus ocho hermanos, que se habían quedado en Ribadeo, realizó más de una treintena de trabajos que fueron publicados en ese país sudamericano y en Estados Unidos. Fue miembro en la prestigiosa Royal Society of Tropical Medicine and Hygiene de Londres. El congreso venezolano le otorgó las órdenes de Francisco de Miranda y de Andrés Bello. En 1985 falleció a los 73 años en Maracay.
Novelado
"Olvidas que esas pendejadas no las escribiste tú, que no sabes escribir tu nombre sin faltas gramaticales, sino el gallego traidor de José Almoina, pagado por mí. ¿No sabes lo que dice la gente? Que las iniciales de Falsa Amistad, F y A, quieren decir: Fue Almoina".
Éste es un párrafo de la novela de Mario Vargas Llosa ‘La fiesta del chivo’. El dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo mantiene una conversación con su esposa. El aludido, José Almoina, es un lucense exiliado que llegó a ser secretario particular del déspota
caribeño.
La figura de Almoina ha sido recuperada sólo en parte gracias a dos recientes biografías, una publicada al otro lado del charco, obra del profesor e investigador de la Universidad de Michoacán (México) Salvador Morales Pérez, y otra a éste, escrita por Xurxo Martínez Crespo.
"Almoina es una figura que prestigia Galicia y ésta tiene una deuda con él", considera Salvador Morales.
El intelectual lucense, que a mediados de los años 40 llegó a ocupar una oficina en el palacio presidencial de Trujillo, fue abatido a tiros por dos sicarios en mayo de 1960 en México por encargo de John Abess García, la mano siniestra del tirano.
Su sentencia de muerte fue combatir con la pluma una de las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica, a la que se atribuyen más de 30.000 asesinatos en tres décadas. Su verdugo no le perdonó que publicara la obra ‘Una satrapía en el Caribe’. De nada le sirvió que lo hiciera bajo el seudónimo de Gregorio Bustamente.
Almoina nació en 1903 en la antigua calle Castelar de Lugo, actualmente Rúa do Teatro. Se licenció en filosofía y letras en la Universidad de Santiago de Compostela. Era políglota, hablaba ocho idiomas, masón y militante del PSOE. Huyó a Francia tras el golpe de Estado de 1936. Manuel Azaña lo nombró vicecónsul en Toulouse.
Al concluir la guerra civil española marchó a la República Dominicana. Fue uno de los pocos países que acogieron a refugiados españoles, unos 4.000 en aquella época. En ese país fue primero tutor del hijo mayor del tirano, Ramfis, y después su secretario particular durante dos años, tras lo que huyó a México.
El protagonismo de José Almoina se vio solapado por otra víctima de Trujillo, el destacado nacionalista vasco Jesús de Galíndez, con el que coincidió en el exilio caribeño.
‘Nomes e Voces’: Más de 14.000 represaliados
Una de las contadas bases de datos de víctimas gallegas de la guerra civil a la que se puede recurrir hoy en día es la del proyecto de investigación ‘Nomes e Voces’, que alberga 14.386 represaliados, tras el golpe de Estado de julio de 1936. Ésta es una cifra orientativa. Está en permanente actualización. Recoge, sobre todo, los casos de ajusticiados y encarcelados en Galicia, aunque también aparecen personas sancionadas económicamente por sus convicciones.Este grupo de investigación está dirigido por el catedrático de Historia Contemporánea, Lourenzo Fernández Prieto. Sus principales fuentes de información son las causas militares y los registros civiles de defunción.
Fuera de Galicia
Entre los represaliados que recoge la base de datos de ‘Nomes e Voces’ fi guran 114 muertos en el extranjero, en campos de exterminio nazi, y otros 183 en prisiones del resto de España, como en la masiva fuga del fuerte de San Cristóbal (Navarra), en la que una cuarta parte de los207 abatidos a tiros era de Galicia.
Etiquetas: Lugo, gente, Vázquez Gayoso, Ángel Díaz, José Almoina, emigración
30/05/2010 - Arsenio Coto / El Progreso (Lugo)
MERECEN que se escriba alguna línea más sobre ellos en la historia de la Galicia del siglo XX. No sólo no han recibido el reconocimiento debido, sino que en su tierra natal, distanciada por un océano y por una frágil memoria, prácticamente son unos desconocidos. El suyo fue un viaje al exilio sin retorno. No sólo quedó en el anonimato la persona, como le sucedió a miles de represaliados, sino también la obra. Son intelectuales, profesionales liberales… que formaron parte de ese destierro obligado a raíz de la defensa de aquello en lo que creían.
Un ejemplo de ese ostracismo histórico es Jesús Vázquez Gayoso, especialista en derecho indiano que vino al mundo en 1909 en A Pontenova. En su época de universitario en Madrid participó activamente en política y cuando estalló la guerra intervino como miliciano en el frente. Su exilio pasó por Francia, Cuba y y Panamá, país en el que fue decano de la Facultad de Derecho durante dos años, hasta que a fi nales de 1944 se asentó en Venezuela.
En ese país fue cónsul desde 1945, cuando el ejecutivo rompía relaciones diplomáticas con la dictadura franquista y reconocía al gobierno de la República en el exilio como el legítimo de España, hasta que las retomó casi cuatro años después.
"Foi a táboa de salvación de centos de exiliados e inmigrantes irregulares españois. Gracias a él puideron ter residencia legal", destaca el escritor e investigador Xurxo Martínez Crespo. A fi nales de la década de los 40 existían en ese país latinoamericano campos de internamiento para los inmigrantes que arribaban sin papeles, que después eran deportados.
Vázquez Gayoso consiguió visados para que cientos de compatriotas pudiesen quedarse. El riesgo de repatriación era una inquietante amenaza para esos represaliados que se jugaban la vida si tenían que volver a la tierra de la que habían huido.
La repulsa del ejecutivo venezolano a la dictadura franquista y la presencia de Vázquez Gayoso ejercieron una especie de efecto llamada. Se produjo, según Martínez Campo, una llegada "masiva de barcos con inmigrantes clandestinos", sobre todo vascos, gallegos y canarios. "Pasaban un ou dous meses en alta mar", como asegura, para realizar 5.000 kilómetros de singladura.
Vázquez Gayoso promovió además entre los centros españoles en Caracas la creación de una institución benéfica común que acogiese a los exiliados y tuvo una prolífica actividad articulista en los principales periódicos de la época.
Dejó el país tras el golpe de Estado a Rómulo Gallegos. Se trasladó a México, en donde fue ministro del gobierno de la República en el exilio y en donde falleció en 1970.
Médico investigador
Otro represaliado lucense que tuvo su protagonismo en el exilio, pero del que no se ha hecho eco su tierra, es el facultativo Ángel Díaz Vázquez, nacido en Ribadeo en 1912, que fue "o pai da investigación das enfermidades endémicas do Trópico" en Venezuela, según afirma Martínez Crespo.
Ángel Díaz se licenció en 1936 en la Universidad de Madrid. Ejerció como militar médico al servicio de la República durante la guerra civil. Cuando ésta concluyó se exilió en Venezuela, en donde coincidió con Vázquez Gayoso.
Sus primeros pasos ya se encaminaron hacia la investigación. Se encontró con que la mayoría de los médicos ejercían en las urbes. El rural estaba desatendido. Ángel Díaz, que fue uno de los fundadores del republicano Lar Gallego, fue de destino en destino a lo largo del país hasta que en 1957 fue trasladado a Caracas, en donde durante cinco años fue coordinador del
Instituto de Medicina Tropical.
Díaz, que dio acomodo en Venezuela a sus ocho hermanos, que se habían quedado en Ribadeo, realizó más de una treintena de trabajos que fueron publicados en ese país sudamericano y en Estados Unidos. Fue miembro en la prestigiosa Royal Society of Tropical Medicine and Hygiene de Londres. El congreso venezolano le otorgó las órdenes de Francisco de Miranda y de Andrés Bello. En 1985 falleció a los 73 años en Maracay.
Novelado
"Olvidas que esas pendejadas no las escribiste tú, que no sabes escribir tu nombre sin faltas gramaticales, sino el gallego traidor de José Almoina, pagado por mí. ¿No sabes lo que dice la gente? Que las iniciales de Falsa Amistad, F y A, quieren decir: Fue Almoina".
Éste es un párrafo de la novela de Mario Vargas Llosa ‘La fiesta del chivo’. El dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo mantiene una conversación con su esposa. El aludido, José Almoina, es un lucense exiliado que llegó a ser secretario particular del déspota
caribeño.
La figura de Almoina ha sido recuperada sólo en parte gracias a dos recientes biografías, una publicada al otro lado del charco, obra del profesor e investigador de la Universidad de Michoacán (México) Salvador Morales Pérez, y otra a éste, escrita por Xurxo Martínez Crespo.
"Almoina es una figura que prestigia Galicia y ésta tiene una deuda con él", considera Salvador Morales.
El intelectual lucense, que a mediados de los años 40 llegó a ocupar una oficina en el palacio presidencial de Trujillo, fue abatido a tiros por dos sicarios en mayo de 1960 en México por encargo de John Abess García, la mano siniestra del tirano.
Su sentencia de muerte fue combatir con la pluma una de las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica, a la que se atribuyen más de 30.000 asesinatos en tres décadas. Su verdugo no le perdonó que publicara la obra ‘Una satrapía en el Caribe’. De nada le sirvió que lo hiciera bajo el seudónimo de Gregorio Bustamente.
Almoina nació en 1903 en la antigua calle Castelar de Lugo, actualmente Rúa do Teatro. Se licenció en filosofía y letras en la Universidad de Santiago de Compostela. Era políglota, hablaba ocho idiomas, masón y militante del PSOE. Huyó a Francia tras el golpe de Estado de 1936. Manuel Azaña lo nombró vicecónsul en Toulouse.
Al concluir la guerra civil española marchó a la República Dominicana. Fue uno de los pocos países que acogieron a refugiados españoles, unos 4.000 en aquella época. En ese país fue primero tutor del hijo mayor del tirano, Ramfis, y después su secretario particular durante dos años, tras lo que huyó a México.
El protagonismo de José Almoina se vio solapado por otra víctima de Trujillo, el destacado nacionalista vasco Jesús de Galíndez, con el que coincidió en el exilio caribeño.
‘Nomes e Voces’: Más de 14.000 represaliados
Una de las contadas bases de datos de víctimas gallegas de la guerra civil a la que se puede recurrir hoy en día es la del proyecto de investigación ‘Nomes e Voces’, que alberga 14.386 represaliados, tras el golpe de Estado de julio de 1936. Ésta es una cifra orientativa. Está en permanente actualización. Recoge, sobre todo, los casos de ajusticiados y encarcelados en Galicia, aunque también aparecen personas sancionadas económicamente por sus convicciones.Este grupo de investigación está dirigido por el catedrático de Historia Contemporánea, Lourenzo Fernández Prieto. Sus principales fuentes de información son las causas militares y los registros civiles de defunción.
Fuera de Galicia
Entre los represaliados que recoge la base de datos de ‘Nomes e Voces’ fi guran 114 muertos en el extranjero, en campos de exterminio nazi, y otros 183 en prisiones del resto de España, como en la masiva fuga del fuerte de San Cristóbal (Navarra), en la que una cuarta parte de los207 abatidos a tiros era de Galicia.
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